“¿San Gilberto? [El hombre eterno]

artículo de juan manuel de prada en abc, sabado 9 de diciembre de 2006

 

Como la Iglesia está integrada por hombres, es natural que a veces yerre; como la guía el Espí­ritu, es también natural que rectifique sus ye­rros. Siempre he considerado que uno de los más gra­ves yerros de la Iglesia es que los católicos aún no po­damos invocar a Chesterton como sin duda merece: san Gilberto.

 

Leo con alborozo en el semanario «Alfa y Omega» que se acaba de iniciarla causa de beatifica­ción de Gilbert Keith Chesterton, uno de los más gran­diosos escritores de la historia y, sin lugar a dudas, el más sagaz, divertido y luminoso de los apologetas de la fe católica del siglo XX.

 

A los relatores de la causa les bastará leer las obras de este titán de la pluma —tan delicadamente paradójicas, tan hondas y ame­nas, tan tocadas por la Gracia— para descubrir que no ha habido mortal que merezca más cabalmente el reconocimiento de su santidad; y no se me ocurre acto más congruente con Benedicto XVI —quien, sin duda, será re­cordado como «el Papa de la Razón», el Papá que hizo más inteligible a Dios a través de la inteligencia— que la canonización de Chesterton; que dedicó su vida al mismo esfuerzo, con re­sultados tan hermosos y perdurables.

 

Tengo entendido que, para que prosperen las causas de beatificación y canoniza­ción, debe acreditarse la comisión de varios mila­gros. De Chesterton, desde luego, pueden acreditarse cientos de miles. Ignoro si mediante su intercesión los tullidos han recuperado el movimiento y los cie­gos la vista; sí puedo asegurar en cambio (quien lo probó lo sabe), que la lectura de sus libros ha abierto las esplendorosas estancias de la fe para muchos lec­tores que deambulábamos por pasadizos sombríos.

 

Y aquí convendría delimitar la verdadera naturaleza de los milagros, a la luz de lo que el propio Chesterton escribe en Ortodoxia. Fijémonos en los que realizó Jesús: cualquiera de ellos —curar a los enfermos, multiplicar los panes y los peces, incluso resucitar a los muertos— palidece ante el que sin duda es el más pasmoso de todos ellos: que unos pescadores analfabe­tos se convirtieran en anunciadores del Evangelio.

 

También Chesterton ha conseguido, a través de sus li­bros, que quienes se aproximan a ellos en busca de un mero deleite estético e intelectual reciban el don de la fe. Alcanzar ese don siempre tiene un componente mi­lagroso; alcanzarlo a través de la inteligencia consti­tuye el más vertiginoso y acendrado de los milagros. Los lectores de Chesterton, como aquellos pescadores analfabetos que escuchaban las predicaciones de Cristo, hemos saboreado el suculento placer que pro­cura la aproximación a lo sublime a través de la inteli­gencia.

 

Las tres o cuatro lectoras que todavía me soportan me reclaman a veces recomendaciones de lectura. Me permitirán que en esta ocasión, para celebrar el ini­cio de la causa de beatificación de mi escritor predi­lecto, les lance una propuesta. Se trata de un libro que resume en apenas trescientas páginas la historia de la humanidad, que es también la Historia de la Salva­ción; uno de esos libros —como Las confesiones de san Agustín o la poesía de san Juan de la Cruz— que cons­tituye en sí mismo una obra maestra de la literatura, pero que al mismo tiempo es algo más, mucho más: es la gracia divina hecha escritura, transmutada en pa­labras gozosas, de una belleza y un ardor intelectual, de una amenidad y una hondura tales que quienes las leen tienen la sensación de haber sido bautizados de nuevo.

 

El libro en cuestión se titula El hombre eterno, editado en español por Ediciones Cristiandad. Regá­lenlo estas Navidades a sus amigos, a sus enemigos, a sus parientes, incluso a sus suegras; y, sobre todo, léanlo ustedes, léanlo con detenimiento y unción, pa­ladeando cada razonamiento, cada paradoja, cada me­táfora, cada fulguración de la inteligencia. No se de­moren ni un instante más y encárguenlo a su librero.

 

Les aseguro que no les defraudará. Y, después de leí­do, convendrán conmigo en que a su autor sólo hay un modo de invocarlo: san Gilberto Chesterton. Antes in­cluso de que lo canonicen.